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Mucho Hábitat

Cómo se ve un «no» y qué hacer con él

Ocho aplicaciones para una entrevista no es mala suerte: es la tasa. Lo que separa a quien sigue de quien abandona es qué hace con el rechazo.

3 min de lectura · 8 de septiembre de 2026

Collage en blanco y negro: lista de disciplina, despertador, tenis, amanecer en montaña y alguien con mochila, recortes con borde blanco y bosque abajo.

Citados con su minuto exacto

Los currículums de este podcast se leen como una línea recta, y ninguno lo fue. Lo que no se cuenta de una carrera hecha fuera es el volumen de noes que hubo antes de cada sí, y como no se cuenta, quien recibe el tercero concluye que él es el problema. No lo es: llegó a la parte normal.

En corto

Un «no» rara vez significa que no eres capaz. Rodrigo Mascareño aplicó ocho veces a Electronic Arts en ocho años para conseguir una sola entrevista, y hoy trabaja en la industria. Lo que cambia el resultado es pedir la razón concreta del rechazo, trabajar en eso, y no leerlo como un juicio sobre uno mismo.

Ocho intentos para una entrevista es la tasa, no la excepción

La estadística que falta en todas las historias de éxito es el denominador. Se cuenta el trabajo conseguido, no cuántas veces se aplicó antes. Y sin denominador, dos rechazos parecen un veredicto.

Rodrigo Mascareño da el número. Antes de entrar a Electronic Arts —después de un año pintando casas y de un tramo en estudios pequeños— aplicó ocho veces, y no en ocho meses.

Mira la proporción con cuidado, porque es la parte útil: ocho aplicaciones produjeron una sola entrevista. No ocho entrevistas fallidas. Siete de esos ocho intentos no llegaron ni a conversación. Alguien que abandona en el tercero, con esa tasa, habría abandonado exactamente igual teniendo el perfil que sí terminó funcionando.

«empecé a aplicar otra vez a videojuegos, apliqué a Electronic Arts, Yo creo que antes de que me contrataran apliqué probablemente ocho veces en un lapso de ocho años»

Rodrigo Mascareño · escúchalo en el minuto 29:51

Un «no» sin razón no sirve; pídela

La diferencia entre un rechazo que te cuesta un año y uno que te ahorra dos está en si sabes por qué fue. Casi nadie pregunta, porque preguntar se siente como insistir después de perder.

Sindy Ethel, que hoy trabaja en la agencia Hello Monday de Nueva York, pidió retroalimentación cuando la rechazaron y salió con dos cosas concretas que le faltaban: portafolio e idioma. Ninguna de las dos era «no eres suficiente». Las dos eran accionables, y trabajó en ellas.

Tino Nájera describe el mismo mecanismo desde el lado de quien intenta cosas y no le salen, y lo que dice sobre la alternativa —quedarse esperando la oportunidad sin haberla pedido— es lo que ordena todo lo demás.

«lo haces y no jala, muy probablemente recibas una retroalimentación que te digan, ah, pues no pasó por esto y te da a ti, el feedback que necesitas para mejorarlo, pulirlo y ahora sí»

Tino Nájera · escúchalo en el minuto 19:52

El rechazo se aprende a recibir; no se aguanta y ya

Hay una habilidad concreta detrás de esto, y no es resistencia. Es separar el juicio sobre el trabajo del juicio sobre la persona, y no es automática: se practica.

Tino la nombra como un aprendizaje, no como un rasgo de carácter. Eso importa, porque un rasgo se tiene o no se tiene, y un aprendizaje se puede empezar hoy.

Luis Palencia lo pone en la escala en que de verdad ocurre. No son los grandes rechazos los que desgastan, son los pequeños y constantes: un trabajo al que aplicaste y no quedaste, tres opciones de logo que el cliente no compró. Llamarlos «pequeñas derrotas», entre comillas, es exacto: pesan como derrotas y no lo son.

«aprender a aceptar el feedback. Creo que también eso fue como interesante y aprendí como a aceptar el feedback de una manera, no tomarlo como un tema personal, sino como un tema que me va a hacer crecer»

Tino Nájera · escúchalo en el minuto 54:04

«el hecho del rechazo, por ejemplo, que yo estuviese aplicando un trabajo y no quedara, o me dieran feedback en un proyecto, o yo le presentaba, digamos, unas tres opciones de logo a un cliente y me decía, no, no es lo que estoy buscando»

Luis Palencia · escúchalo en el minuto 51:54

A veces el «no» es la puerta, no el muro

Queda el caso incómodo: el rechazo que no admite reintento. Se acabó el contrato, no renovaron, el plan se cayó. Ahí no hay nada que pulir ni a quién volver a aplicar.

Nicolás Prieto lo cuenta desde dentro y sin heroísmo: los primeros días los pasó mal. Lo que describe después no es optimismo, es una observación sobre la estructura de la situación —cuando ya no hay un camino marcado, la elección deja de estar restringida—.

En su caso eso se concretó rápido: mejoró el portafolio, mandó currículum sin la restricción que antes tenía, y antes de que pasara un mes estaba trabajando para una startup de Boston. La lectura práctica no es que todo pasa por algo. Es que un «no» definitivo cambia la pregunta de «cómo entro aquí» a «dónde quiero entrar», y esa segunda pregunta casi nunca se hace mientras la primera sigue abierta.

«si bien los primeros días lo sufrí mucho y estuve muy bajoneado por este tema, luego comencé a decir, bueno, pero puedo trabajar y puedo buscar trabajo para donde sea»

Nicolás Prieto · escúchalo en el minuto 46:14

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Preguntas frecuentes

¿Cuántas veces hay que aplicar antes de conseguir un trabajo fuera?
No hay una cifra fija, pero el caso mejor documentado del podcast da la escala: Rodrigo Mascareño aplicó ocho veces a Electronic Arts a lo largo de ocho años y esas ocho aplicaciones produjeron una sola entrevista, la que terminó en contratación.
¿Sirve pedir retroalimentación cuando te rechazan?
Sí, y es lo que convierte un rechazo en información. Sindy Ethel la pidió y supo que le faltaban portafolio e idioma: dos cosas concretas sobre las que trabajar, en vez de la conclusión genérica de no ser suficiente.

Episodios citados