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Mucho Hábitat

El invierno, y todo lo que nadie te dijo que ibas a pagar

Aparece de pasada en trece episodios y en ninguna lista de gastos. No es el frío: es lo que el frío te obliga a comprar, y lo que te quita.

4 min de lectura · 8 de septiembre de 2026

Collage en blanco y negro: parka de invierno, CN Tower, reloj de vapor de Gastown, calle nevada y café, recortes con borde blanco y bosque abajo.

Citados con su minuto exacto

Las cuentas del primer año se hacen con renta, vuelo y colchón. El invierno no aparece en ninguna, y no porque nadie lo mencione: se menciona todo el tiempo, de pasada, como quien comenta el clima. El problema es que no es clima. Es una temporada que cambia lo que gastas, lo que puedes hacer y a qué hora se te acaba el día.

En corto

El invierno del primer año cuesta en tres monedas distintas: ropa y equipo que no tenías, tiempo —a menos 40 te tardas una hora en salir a la calle—, y ánimo, porque llega junto con la falta de la familia y los amigos. Los invitados que ya lo pasaron coinciden en que se sobrevive, y en que conviene contarlo antes en vez de descubrirlo en diciembre.

El primer costo es ropa, y no es el que duele

Nadie llega con la ropa correcta. Se llega con la que servía en casa y una chamarra comprada por internet, y en la primera semana se descubre que hacen falta botas de verdad, guantes de verdad y capas que no se compran de una sola vez. Es un gasto de arranque, se hace una vez y se olvida.

El que no se olvida es el tiempo. Alma Esparza migró a una parte de Canadá donde el termómetro se va mucho más abajo de lo que se imagina desde Latinoamérica, y lo describe en la unidad que de verdad importa: minutos.

Una hora para vestirse antes de salir no es una anécdota de frío. Es una hora que se resta de cada día durante meses, y explica por qué el primer invierno la gente hace menos cosas de las que había planeado, sale menos, conoce a menos gente, y concluye que no está avanzando.

«y estamos a menos 40, te tardas una hora en arreglarte, en ponerte la ropa para solo salir a la nieve, resbalarte en el black ice, que le dicen aquí, el resbalarte y salir patinando en un estacionamiento»

Alma Esparza · escúchalo en el minuto 13:10

El invierno llega junto con la ausencia, y por eso pesa doble

La parte que de verdad cuesta no es térmica. Es que la temporada en que menos se sale coincide con el momento en que la red que dejaste todavía no se ha reemplazado, y con las fechas del año en que en casa todo el mundo se junta.

Alma lo nombra sin adornos, y conviene leer la lista completa porque el efecto está en la acumulación, no en ningún elemento suelto.

Ese párrafo es el presupuesto real del primer invierno. No aparece en ninguna hoja de cálculo porque no se puede poner en pesos, y es lo que hace que gente con el trámite resuelto y el trabajo conseguido lo pase mal justo cuando, sobre el papel, ya lo había logrado todo.

«y a eso le agregas la depresión, el no tener a la familia, el no tener a los amigos, el no tener ni a tu perro, a tu gato, porque te viniste solamente con maleta y muchos sueños, entonces, fue, te puedo decir que los primeros años fue difícil»

Alma Esparza · escúchalo en el minuto 44:50

Llegar en invierno cambia el recuerdo de haber llegado

La fecha de llegada parece un detalle logístico y no lo es. Madeleine García Münzer se mudó a Frankfurt en febrero, desde un invierno español que ella misma describe como suave, y lo que se encontró fue otra categoría de cosa.

Fíjate en todo lo que está pasando a la vez en esa frase: nieve por todas partes, un idioma que no domina, nadie conocido, el único familiar viviendo lejos del centro, y un curso de alemán al que hay que levantarse. El clima no es el problema; es el multiplicador de todo lo demás.

Quien llega en verano tiene tres o cuatro meses de margen para armar rutina y conocer gente antes de que la ciudad se cierre. Quien llega en febrero hace las dos cosas a la vez. Si la fecha se puede elegir, se elige. Si no, conviene saber que el primer invierno no mide tu capacidad de aguantar: mide con cuánto colchón llegaste.

«me fui en febrero y creo que eso fue duro, fue duro porque llegué y había nieve, estalactitas y ya en España el invierno es súper suave»

Madeleine García Münzer · escúchalo en el minuto 23:42

Los avisos que recibes están exagerados, y aun así no los ignores

Hay una segunda capa, que es lo que la gente te cuenta del invierno antes de que llegue. George Says la describe bien: al llegar a Vancouver todo el mundo se le acercó a advertirle, y las advertencias venían en formato catástrofe.

Su conclusión es la correcta y es doble. Por un lado, mucho de lo que se dice del invierno es relato heredado, y el relato de otro no tiene por qué ser el tuyo. Por otro, esa misma advertencia se usa como excusa para posponer la salida un año más, y ahí ya no es información sino coartada.

El punto medio útil: presupuéstalo, no lo temas. Ropa y equipo el primer mes, actividades bajo techo que impliquen gente, una fecha de llegada elegida si se puede, y saber de antemano que enero se te va a hacer largo. Con eso el invierno pasa a ser una temporada. Sin eso, pasa a ser la prueba de que te equivocaste.

«toda la gente se quejaba del invierno, toda la gente era como de no, es que el invierno es lo peor y creo que muchas personas cuentan su historia y te desaniman, pero no te tiene que pasar lo mismo»

George Says · escúchalo en el minuto 25:51

La lista

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Preguntas frecuentes

¿Cuánto cuesta el invierno el primer año?
En dinero, un gasto de arranque en ropa y equipo que se hace una vez. Lo que no se presupuesta es el tiempo —a menos 40 grados, vestirse para salir toma cerca de una hora— y el ánimo, porque la temporada coincide con no tener todavía red social en la ciudad.
¿Conviene llegar en verano o en invierno?
En verano, si se puede elegir. Da tres o cuatro meses para armar rutina y conocer gente antes de que la ciudad se cierre. Madeleine García Münzer llegó a Frankfurt en febrero y describe haber tenido que resolver el idioma, la soledad y la nieve al mismo tiempo.

Episodios citados